Seleccionar página
Eterna juventud. Vivir 120 años

Eterna juventud. Vivir 120 años

En Vilcabamba el numero de mujeres supera al de hombres. Por cada tres damas hay dos caballeros. Sin embargo, los que vivieron más de 130 años fueron siempre varones. En el valle -a diferencia de lo que ocurre en el resto del planeta- los hombres viven más que las mujeres. Pero ellas también viven mucho. Suelen tener hijos después de los 50 y hay varios casos de madres después de los 60.

Doña Josefa Ocampo tiene 105 años. Cuando pasé a visitarla eran alrededor de las cuatro de la tarde y se estaba por ir a dormir. Acaba de despedirse hasta la mañana siguiente.

A pesar de que el clima en Vilcabamba es templado y hay muy poca variación térmica durante todo el año, la mayoría de los ancianos tiene frío. Por eso, Doña Josefa -que usa un gorro de lana azul, remera, camisa y sueter- se va a dormir. Lo hace para entrar en calor, después le viene el sueño.

Ella es la estampa de la abuelita dulce. Casi ciega, casi sorda y totalmente resignada. Pareciera fácil de querer porque nunca pide nada. Dicen sus nietos que era una mujer más grande y con el tiempo se fue reduciendo.

-Cómo esta tu familita? ¿Estan todos buenitos? -me pregunta
-Sí, Doña Jsosefa.
-Gracias diosito entonces.

A la mayor parte de sus 50 nietos, sus 20 bisnietos y su decena de tataranietos no los conoce o los vio apenas alguna que otra vez.

Mi familita es un desparramo -me dice.

Como si fuera una condición para seguir hablando, Lenin le pregunta por sus costumbres a la hora de comer. Parece programado por los extranjeros por los que trata y que viajan hasta Vilcabamba obsesionados por la dieta del valle.

Llegan al pueblo convencidos de que la longevidad entra por la boca y si uno se cuida con lo que come, además de mantenerse precioso, difícil que alguna vez se enferme. Por eso si no lo pregunto yo, pregunta Víctor y si Víctor se distrae, siempre está Lenin, el conductor. Es tan potente la idea de la dieta que lograron convencer incluso a los nativos del valle. Todos están seguros de que la dieta sana prolonga la existencia. Que lo que comen en Vilcambamba es una combinación de vegetales y frutas que no existe en ningún otro lugar del mundo.

-Yuquitas, motito, platanito. Cualquier comidita.

La dieta es tan natural y carente de contaminantes como la que se ingiere en otros valles donde los campesinos cultivan lo mismo y de la misma manera. Será sana, pero no es ni original ni exclusiva.

No hay mucho para hacer ni demasiado para preguntar. Víctor le propone que cante una canción de amor: “Flores negras”. Doña Josefa no se acuerda. A cambio le recita la letra de un poema, Recuerdo de la guerra con el Perú. Un joven que se separa de sus padres para ir a la frontera “y otro voluntarioso, que de la tumba ya no volverá”. Puesta a recordar se emociona cuando habla de su perro. “Asco” se llamaba. Malo, inútil y compañero.

Cuando Doña Josefa cuenta algo, lo hace en tiempo pasado y siempre termina diciendo: “ahora ya no”. Cantaba pero ahora ya no, estaba casada pero ahora ya no, trabajaba con mi padre pero ahora ya no, me ocupaba de la casa pero ahora ya no. Da la sensación de que lo único que hace es esperar y mientras lo hace trata de mantenerse abrigada. Prefiere no sentir frío.

Como en otras ocasiones, después de hablar con los centenarios, esta vez también me quedo conversando con la familia. En cada oportunidad pregunto cómo es morir en el valle, pido que me cuenten las historias de otros ancianos que conocieron. ¿Las enfermedades son cortas o prolongadas, hay que cuidarlos, cómo se organizan?

En Vilcabamba además de vivir mucho se muere de otra manera. Se van a bañar y se mueren, salen a trabajar y se mueren, se acuestan a dormir y nunca más se levantan. Sin aviso, ni convalecencia, ni peleas por quién se hace cargo, ni hijos protestando por cuidar a sus padres. No llegan a pasar por esa etapa en la que uno se pregunta si realmente vale la pena seguir viviendo.

Cuando se convierte nada más que en un cuerpo que sufre, ¿sigue siendo la misma persona que antes?

Los ancianos del valle se cuidan solos hasta el final. Después se mueren. De un momento a otro, sin familiares en la sala de espera aguardando el desenlace. No se enferman, se apagan. Una vejez sin necesidad de atención, son gente muy humilde pero cuando les llega el momento, se despiden como aristócratas.

Coler, Ricardo. “Capitulo 18” en Eterna juventud. Vivir 120 años. Buenos Aires: Planeta, 2009. Págs 87-90. Impreso.

Imagen: “PICT0270” by José Luis Sánchez Hachero en http://www.losmundosdehachero.com/viaje-a-ecuador-vilcabamba-el-valle-de-los-centenarios/

Descripciones en la literatura

A un lado y a otro del helado cauce se erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos hacia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza

Colmillo Blanco, Jack London

 

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana».

Don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes

 

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887…

“Funes el memorioso”, Jorge Luis Borges

 

Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.

Anna Karenina, León Tolstoi

 

José  Arcadio  Buendía  ignoraba  por  completo  la  geografía  de  la  región.  Sabía  que  hacia  el  Oriente  estaba  la  sierra  impenetrable,  y  al  otro  lado  de  la  sierra  la  antigua  ciudad  de  Riohacha,  donde  en  épocas  pasadas  -según  le  había  contado  el  primer  Aureliano  Buendía,  su  abuelo-  sir  Francis  Drake  se  daba  al  deporte  de  cazar  caimanes  a  cañonazos,  que  luego  hacía  remendar  y  rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis  meses  desistieron  de  la  empresa  y  fundaron  a  Macondo  para  no  tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos  de  piel  delicada  con  cabeza  y  torso  de  mujer,  que  perdían  a  los  navegantes  con  el  hechizo  de  sus  tetas  descomunales.  Los  gitanos  navegaban  seis  meses  por  esa  ruta  antes  de  alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte.  De  modo  que  dotó  de  herramientas  de  desmonte  y  armas  de  cacería  a  los  mismos  hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

 

Yo, Tiberio Claudio Druso Nérón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

Yo, Cluadio, Robert Graves

 

Me construí un refugio para la lluvia, pero no pude disfrutarlo en paz. La nueva criatura lo invadió. Cuando traté de sacarla empezó a derramar agua por los agujeros por los que mira y a secarla con el revés de sus patas, emitiendo un sonido como el de los otros animales cuando están angustiados. Ojalá no hablara; está siempre hablando. Eso suena como una afrenta hacia la pobre criatura, como un desprecio. En realidad no quise decir eso. Nunca antes escuché la voz humana y cualquier sonido nuevo y extraño que invada el solemne silencio de estas soledades de ensueño ofende mi oído como una nota desafinada. Y este sonido es tan cercano a mí; justo sobre mi hombro, justo en mi oído, primero de un lado y después del otro, y yo estoy acostumbrado solamente a los sonidos distantes.

Diario de Adán y Eva, Mark Twain

Los mareados Mercedes y El Polaco con sesión fotográfica

Los mareados Mercedes y El Polaco con sesión fotográfica

Rara..
como encendida
te hallé bebiendo
linda y fatal…
Bebías
y en el fragor del champán,
loca, reías por no llorar…
Pena
Me dio encontrarte
pues al mirarte
yo vi brillar
tus ojos
con un eléctrico ardor,
tus bellos ojos que tanto adoré…

Esta noche, amiga mía,
el alcohol nos ha embriagado…
¡Qué importa que se rían
y nos llamen los mareados!
Cada cual tiene sus penas
y nosotros las tenemos…
Esta noche beberemos
porque ya no volveremos
a vernos más…

Hoy vas a entrar en mi pasado,
en el pasado de mi vida…
Tres cosas lleva mi alma herida:
amor… pesar… dolor…
Hoy vas a entrar en mi pasado
y hoy nuevas sendas tomaremos…
¡Qué grande ha sido nuestro amor!…
Y, sin embargo, ¡ay!,
mirá lo que quedó…

Los mareados (1942). Música: Juan Carlos CobiánLetra: Enrique Cadícamo. Tomado de Todo Tango                                                                                                                                                                                                                             Imagen: “Los mareados” en http://destellosinspiradores.blogspot.com.ar/2012/10/los-mareados.html

DiFilm – Mercedes Sosa y el Polaco Goyeneche en estudio de grabación en archivodichiara.

La importancia de llamarse Ernesto

La importancia de llamarse Ernesto

ALGERNON. -¿Por qué será que en una casa de soltero son, invariablemente, los criados los que se beben el champagne? Lo pregunto simplemente a título de información.
LANE. -Yo lo atribuyo a la calidad superior del vino, señor. He observado con frecuencia que en las casas de los hombres casados rara vez es de primer orden el champagne.
ALGERNON. -¡Dios mío! ¿Tan desmoralizador es el matrimonio?
LANE. -Yo creo que es un estado muy agradable, señor. Tengo de él poquísima experiencia, hasta ahora. No he estado casado, más que una vez. Fue a causa de un mal entendido entre una muchacha y Yo.
ALGERNON. (Lánguidamente.)-No sé si me interesa mucho su vida familiar, Lane.
LANE. -No, señor; no es un tema muy interesante. Yo nunca pienso en ella.

Oscar Wilde (1854-1900). La importancia de llamarse Ernesto (1895)        La importancia de llamarse Ernesto

Para leer el libro completo: Biblioteca Digital

Imagen: “Earnest” en http://www.wobcp.org/?page_id=102 y “The importance being Earnest Dramatised” en Amazon

Lista

ADORNO

ALTHUSSER

ARENDT

ARMANI

BAJTIN

BARTHES

BATAILLE

BAUDRILLARD

BENJAMIN

BENVENISTE

BOURDIEU

CHANEL

CHOMSKY

DELEUZE

DERRIDA

DIOR

DURAS

ECO

FOUCAULT

FREUD

GUCCI

HABERMAS

HERRERA

HORKHEIMER

JAKOBSON

JOYCE

KAFKA

LACAN

LACLAU

LEVI STRAUSS

LEVINAS

LYOTARD

MARX

MERLEAU PONTY

METZ

NIETZSCHE

PIAZZA

PEIRCE

SAUSSURE

STEINER

TODOROV

VERSACE

ZIZEK

Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté

Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté

Tiempo de silencio Luis Martin-SantosTú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no fui.
No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy así tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer otro dibujo con el hierrecito del zapato, un dibujo cualquiera, no tiene que ser una muchacha, puedes hacer un dibujo distinto aunque siempre hayas dibujado mal. Tienes libertad para elegir el dibujo que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir…
¡Imbécil!

Luis Martín-Santos, Tiempo de Silencio (1961)

Pin It on Pinterest