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A un lado y a otro del helado cauce se erguía un oscuro bosque de abetos de ceñudo aspecto. Hacía poco que el viento había despojado a los árboles de la capa de hielo que los cubría y, en medio de la escasa claridad, que se iba debilitando por momentos, parecían inclinarse unos hacia otros, negros y siniestros. Reinaba un profundo silencio en toda la vasta extensión de aquella tierra. Era la desolación misma, sin vida, sin movimiento, tan solitaria y fría que ni siquiera bastaría decir, para describirla, que su esencia era la tristeza

Colmillo Blanco, Jack London

 

Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada», o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana».

Don Quijote de La Mancha, Miguel de Cervantes

 

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzador. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887…

“Funes el memorioso”, Jorge Luis Borges

 

Daria Alejandrovna, vestida con una sencilla bata y rodeada de prendas y objetos esparcidos por todas partes, estaba de pie ante un armario abierto del que iba sacando algunas cosas. Se había anudado con prisas sus cabellos, ahora escasos, pero un día espesos y hermosos, sobre la nuca, y sus ojos, agrandados por la delgadez de su rostro, tenían una expresión asustada.

Anna Karenina, León Tolstoi

 

José  Arcadio  Buendía  ignoraba  por  completo  la  geografía  de  la  región.  Sabía  que  hacia  el  Oriente  estaba  la  sierra  impenetrable,  y  al  otro  lado  de  la  sierra  la  antigua  ciudad  de  Riohacha,  donde  en  épocas  pasadas  -según  le  había  contado  el  primer  Aureliano  Buendía,  su  abuelo-  sir  Francis  Drake  se  daba  al  deporte  de  cazar  caimanes  a  cañonazos,  que  luego  hacía  remendar  y  rellenar de paja para llevárselos a la reina Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis  meses  desistieron  de  la  empresa  y  fundaron  a  Macondo  para  no  tener que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde había cetáceos  de  piel  delicada  con  cabeza  y  torso  de  mujer,  que  perdían  a  los  navegantes  con  el  hechizo  de  sus  tetas  descomunales.  Los  gitanos  navegaban  seis  meses  por  esa  ruta  antes  de  alcanzar el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo. De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte.  De  modo  que  dotó  de  herramientas  de  desmonte  y  armas  de  cacería  a  los  mismos  hombres que lo acompañaron en la fundación de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez

 

Yo, Tiberio Claudio Druso Nérón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Clau-Clau-Claudio”, o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

Yo, Cluadio, Robert Graves

 

Me construí un refugio para la lluvia, pero no pude disfrutarlo en paz. La nueva criatura lo invadió. Cuando traté de sacarla empezó a derramar agua por los agujeros por los que mira y a secarla con el revés de sus patas, emitiendo un sonido como el de los otros animales cuando están angustiados. Ojalá no hablara; está siempre hablando. Eso suena como una afrenta hacia la pobre criatura, como un desprecio. En realidad no quise decir eso. Nunca antes escuché la voz humana y cualquier sonido nuevo y extraño que invada el solemne silencio de estas soledades de ensueño ofende mi oído como una nota desafinada. Y este sonido es tan cercano a mí; justo sobre mi hombro, justo en mi oído, primero de un lado y después del otro, y yo estoy acostumbrado solamente a los sonidos distantes.

Diario de Adán y Eva, Mark Twain

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