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A los 22 años quedó viuda. Se había casado obligada a los 16, conMartín Alzaga que la doblaba en edad pero no en deseos. Felicitas Guerrero era bellísima, rica, aristocrática e inteligente (¿qué drama no trae la belleza cuando se funde a la inteligencia?); contaba con una lista extensa de pretendientes que disputaban su mano, cuando no todo su cuerpo, o su fortuna. Entre todos, un hombre: Enrique Ocampo, la amaba desesperadamente, la imaginaba. Pero ella decidió elegir esta vez: quería a cierto estanciero. Ocampo también decidió y se lo explicó con un revolver que la dejó tendida en un sillón de la sala principal. El amor no correspondido es siempre un modo de hablar sobre la muerte y esa mujer deseada, ese amante asesino, se mezclan en las paredes de un recinto de Barracas que calla por prudente, no por mezquino. Un comedor obrero y una lavandería. Un templo escondido. ¿Cómo describirlo sin destrozarlo en el mismo intento? Hay que contemplarlo.

Transitar un museo es como estar dentro de una película. Buenos Aires, ciudad fantástica: catacumbas, restaurantes, iglesias, edificios, todos gritan alguna historia si nos detenemos a escucharla. ¿No es por eso que leemos, vemos cine, comentamos en la oficina? Sí, queremos historias, queremos detalles. Cómo fue, qué pasó, quién lo hizo. Necesidad de relatar para relatarnos.

Esther Agosto de 2005