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Me escribe sin merecerlo. No merezco leer este esbozo, pero ella no lo sabe, ni siquiera intuye que lo que dice dispara demasiado como para que alguien merezca leerlo. Artista sin haberlo elegido (nadie elige el sufrimiento del arte), artista por herencia (nadie elige genes de escultura). Ella no sabe, es demasiado niña de treinta para saberlo. Y como una niña lo exhibe sin esperar. O tal vez sí, tal vez espera nombrar lo que no comprende, nombrar lo que está vacío, como si acaso pudiera llenarlo con olores o músicas. Decide que su instalación en el San Martín se llamará Muestra Madre y lo dice como si dijera nada. Que de dónde venimos se pregunta, que adónde pertenecemos… “Caminamos desde un cuerpo hacia el mundo, una ventana, cuánto misterio. Un cuerpo, primer latido, que al compás del más grande, va gestando sinfonías ancestrales”. Ella no es madre. Ella no tuvo madre. ¿Cómo se atreve a decir “cajita de música”? Cajita de música una madre… No sabe. No entiende. La confusión del arte la lleva a arriesgar sentidos para cajas vacías; entre tanto yo sigo leyendo sin parpadear una partitura inmerecida, tratando estúpidamente de descifrarlo.

Esther Mayo 2007