Antes del fin

Como último deber hacia las personas que me habían dado la beca, enseñé Teoría Cuántica y Relatividad en la Universidad de La Plata, donde tuve como alumnos a Balzeiro, cuyo nombre preside hoy un centro atómico en la ciudad de Bariloche, y a Mario Bunge.

Cuando a principios de la década del cuarenta tomé la decisión de abandonar la ciencia, recibí durísimas críticas de los científicos más destacados del país. El doctor Houssay me retiró el saludo para siempre. El doctor Gaviola, entonces director del Observatorio de Córdoba, que tanto me había querido, dijo: “Sabato abandona la ciencia por el charlatanismo”. Y Guido Beck, emigrado austriaco, discípulo de Einstein, en una carta se lamenta diciendo: “En su caso, perdemos en usted un físico muy capaz en el cual tuvimos muchas esperanzas”.

El mundo de los teoremas y un trabajo sobre rayos cósmicos que acababa de publicar en la Physical Review, apenas se divisaban en la inmensa polvareda.

Acompañado por Matilde y Jorge, de cuatro años, me fui a vivir a las sierras de Córdoba, en un rancho sin agua corriente ni luz eléctrica, en la localidad de Pantanillo. Bajo la majestuosidad de los cielos estrellados, sentí cierta paz. Algo parecido a lo que dice Henry David Thoreau: “Fui a los bosques porque deseaba vivir en la meditación, afrontar únicamente los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que ella tenía para enseñarme; no sucediera que, estando próximo a morir, descubriese que no había vivido”.

No teníamos ni vidrios en las ventanas, y en ese invierno soportamos catorce grados bajo cero, hasta el punto que el río Chorrillos, que cruzaba el terreno, se heló. Nosotros nos calentábamos con el mismo sol de noche con que nos alumbrábamos, y a las siete de la mañana volvíamos a la cama, de puro frío que hacía. En la tranquilidad de una tarde serrana, conocí a un muchacho médico que pasó a visitar a unos parientes en camino hacia Latinoamérica, donde curaría enfermos y hallaría su destino. A aquel joven, hoy símbolo de las mejores banderas, lo recuerda la historia con el nombre de Che Guevara.

Portentosas torres se derrumbaban frente a mí. Entre los escombros, como un yuyito entre rocas resecas, mi yo más profundo intentaba resurgir entre dudas, inseguridades y remordimientos. De mi tumulto interior nació mi primer libro, Uno y el Universo, documento de un largo cuestionamiento sobre aquella angustiosa decisión, y también, de la nostálgica despedida del universo purísimo.

Enfurecidos por lo que llamaban mi empecinamiento, en reiteradas ocasiones, el doctor Gaviola junto a Guido Beck, vinieron a nuestro rancho para tratar de convencer a mi mujer de la locura que estaba cometiendo, en el momento en que el país más necesitaba de científicos. Y aunque traté de explicarles mi crisis espiritual, y de convencerlos de que mi verdadera vocación era el arte, apenas lo comprendieron, ya que para esos hombres, la ciencia es la creación suprema del hombre. Guido Beck atribuía mi decisión a la ligereza sudamericana, y Gaviola dijo que me perdonaría si algún día lograba escribir una obra como La montaña mágica. Pobre Gaviola, creo que nunca supo que la lectura de El túnel lo impresionó al propio Thomas Mann, según anotó en un volumen de sus diarios.

Ernesto Sábato. Antes del Fin (1998)

Hay hombres

«Hay hombres que de su cencia

Tienen la cabeza llena;

Hay sabios de todas menas,

Mas digo sin ser muy ducho:

Es mejor que aprender mucho

El aprender cosas guenas»

 

There’s heads with books stuffed chock-a-block,

Every breed and brand and style,

Though I’m not expert in such mysteries,

I’ve picked up enough to teach me this:

That better than learning no-end of things

Is to know a few things worth while.

 

José Hernández. La vuelta de Martín Fierro (1879)

La vuelta de Martín Fierro PDF

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La consumición en la concepción del mundo de los aztecas 

Como la civilización se mide por sus obras, la de los aztecas nos parece miserable. Se servían, a veces, de la escritura, tenían conocimientos astronómicos, pero sus únicas obras importantes eran inútiles. Su ciencia de la arquitectura les servía para edificar pirámides en lo alto de las cuales inmolaban seres humanos.

Su concepto del mundo se opone de forma diametral y singular a la que tiene lugar entre nosotros desde nuestras perspectivas de actividad. La consumición no tenía un menor lugar en sus pensamientos que la producción en los nuestros. No estaban menos preocupados por sacrificar que nosotros por trabajar.

El mismo sol era la expresión del sacrificio. Era un dios semejante al hombre que llegó a convertirse en sol al arrojarse a las llamas de una hoguera. (…)

Por este mito es posible acercarse a la creencia según la cual fueron creados los hombres, y no solamente los hombres sino también las guerras “para que hubiera gente de la cual fuera posible tener el corazón y la sangre para que el sol pudiera comer”. Esta creencia no tiene evidentemente que el mito el sentido del valor extremo del consumo. (…) El pensamiento no era para los aztecas más que la exposición de los actos.

Georges Bataille. La parte maldita (1949)