El patriarcado es una gramática

El patriarcado es una gramática; las combinaciones de elementos léxicos que organiza son ilimitadas. Cualquiera que sea el conjunto de trazos que vengan a encarnar cultural y socialmente la imagen de lo femenino -o femeninos- y de lo masculino -o masculinos- en una cultura particular, la estructura básica que articula el par de términos masculino/femenino, donde el primero se comporta como sujeto de habla y entra activamente en el ámbito público de los trueques de signos y objetos, y el segundo participa como objeto/signo, permanece en el nudo central de la ideología que organiza las relaciones de género como relaciones de poder.

“Capítulo 2. El género en la antropología y más allá de ella” en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Segunda edición. Buenos Aires: Prometeo Libros, 2010. Pág. 62. Impreso.

La Cantina de medianoche

«La Cantina de Medianoche (Shinya Shukod?)» (2006): historias de Tokyo En el hiperactivo barrio de Shinjuku, en Tokyo, hay un minúsculo restaurante que no tiene nombre, ni tampoco su dueño. Sin embargo, todo el mundo los conoce. Abierto desde las doce de la noche hasta las siete de la madrugada, acoge a los noctámbulos de la ciudad, como boxeadores, prostitutas, actores porno, policías y yakuzas, que acaban allí para tomar sake, caldo, ramen o sopa de miso, según lo que haya en la cocina. Cada plato da lugar a una emoción, a un encuentro, a una historia.

Esa es la premisa de Shinya Shukod? —La Cantina de Medianoche—, manga que comenta el autor en este link https://www.cuartomundo.cl/2020/04/02/shinya-shukodo-la-cantina-medianoche-2006-historias-tokyo/. La serie de Netflix aquí https://www.netflix.com/cl/title/80113541

La yacuaregazú

Cuando el hombre sintió el pinchazo en la axila, pegó un grito y se desmoronó sobre la hojarasca del sendero.

—¿Qué pasa? —preguntó, alarmada, su mujer.

Edema era una misionera de edad indefinida, de una flacura lindante con lo esquelético, que venía cargando desde Ipuberá con un yacaré de 18 kilos, vivo, comprado en el mercado de la plaza.

—Una yacuaregazú— jadeó el hombre, sentado en el suelo, revisando frenéticamente entre los pliegos de su camisa de brin.

—¿Te picó?

—Me picó.

Edema sabía preparar el yacaré en rodajas no más anchas que la palma de una mano, sazonadas con cebollas angurí y trozos de mandioca. O arrollado, atado como un matambre para evitar que se escape, en caso de no estar bien muerto, tras el primer hervor.

Más de una vez le había ocurrido cuerear un yacaré, quitarle las entrañas, salarlo y verlo luego salir huyendo con una gallina entre los dientes, al primer descuido.

«Yacaré mboró pubé» solía decir Edema, y no le faltaba razón.

—¿Dónde te picó?

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