La yacuaregazú

Cuando el hombre sintió el pinchazo en la axila, pegó un grito y se desmoronó sobre la hojarasca del sendero.

—¿Qué pasa? —preguntó, alarmada, su mujer.

Edema era una misionera de edad indefinida, de una flacura lindante con lo esquelético, que venía cargando desde Ipuberá con un yacaré de 18 kilos, vivo, comprado en el mercado de la plaza.

—Una yacuaregazú— jadeó el hombre, sentado en el suelo, revisando frenéticamente entre los pliegos de su camisa de brin.

—¿Te picó?

—Me picó.

Edema sabía preparar el yacaré en rodajas no más anchas que la palma de una mano, sazonadas con cebollas angurí y trozos de mandioca. O arrollado, atado como un matambre para evitar que se escape, en caso de no estar bien muerto, tras el primer hervor.

Más de una vez le había ocurrido cuerear un yacaré, quitarle las entrañas, salarlo y verlo luego salir huyendo con una gallina entre los dientes, al primer descuido.

«Yacaré mboró pubé» solía decir Edema, y no le faltaba razón.

—¿Dónde te picó?

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