Todo el mundo la dispara

Todo el mundo la dispara,
se atropella y no repara
que está haciendo un disparate.

Todos gritan, aceleran
y parece que tuvieran
refucilos en el mate.

Es un siglo de aspirinas,
«surmenages» y de locos;
y a los que no están piantados,
se ve que les falta poco.

Si tenés muchos problemas
y buscás la solución,
no te aflijas y andá a Vieytes,
porque en Vieytes dan razón.

Tranquilo, viejo, tranquilo,
que al final, primero vos!…

Tranquilo
y a no agitarse,
que es peligroso
desesperarse.

La vida es corta
y al pasarla a té de tilo,
preocupado y con estrilo
me parece que es atroz.

Tranquilo, viejo, tranquilo,
y al final, primero vos.

No te apures, Timoteo,
si te rajan del empleo
y te dejan ambulante.

Y si tu mujer berrea
o tu suegra te pelea,
vos mandate un buen calmante.

Si la vida está muy cara
o te están acogotando,
no te apartes de la huella
aunque vengan patinando.

Suprimí las disparadas
y acercate a la razón,
sofrenate y acordate
que tenés un corazón.

Música: Francisco Canaro Letra: Ivo Pelay, Tranquilo viejo tranquilo

Esther

La consumición en la concepción del mundo de los aztecas 

Como la civilización se mide por sus obras, la de los aztecas nos parece miserable. Se servían, a veces, de la escritura, tenían conocimientos astronómicos, pero sus únicas obras importantes eran inútiles. Su ciencia de la arquitectura les servía para edificar pirámides en lo alto de las cuales inmolaban seres humanos.

Su concepto del mundo se opone de forma diametral y singular a la que tiene lugar entre nosotros desde nuestras perspectivas de actividad. La consumición no tenía un menor lugar en sus pensamientos que la producción en los nuestros. No estaban menos preocupados por sacrificar que nosotros por trabajar.

El mismo sol era la expresión del sacrificio. Era un dios semejante al hombre que llegó a convertirse en sol al arrojarse a las llamas de una hoguera. (…)

Por este mito es posible acercarse a la creencia según la cual fueron creados los hombres, y no solamente los hombres sino también las guerras “para que hubiera gente de la cual fuera posible tener el corazón y la sangre para que el sol pudiera comer”. Esta creencia no tiene evidentemente que el mito el sentido del valor extremo del consumo. (…) El pensamiento no era para los aztecas más que la exposición de los actos.

Georges Bataille. La parte maldita (1949)

El otro

Cuando me dijeron que no puedo ser Juan José Millás en Internet porque alguien se lo ha pedido antes que yo, mi primer impulso fue poner una denuncia. Luego, como el abogado me salía más caro de lo que valgo, decidí dejar las cosas como están. Ese loco que pretende ser yo no tiene ni idea, pues, de la vida que le espera. Si ha de pasar en la existencia digital por la mitad de lo que yo he pasado en la analógica, no tardará en salir corriendo de mi cuerpo. Entre tanto, me divierte asomarme cada día al ojo de cerradura de la Red y ver a qué se dedica mi reflejo cibernético. De momento, no se dedica a nada: está ahí el pobre, en medio de un escaparate desolado, esperando que alguien lo compre. Pero quién va a comprarlo. ¿Quién va a comprar un Juan José Millás binario, por favor? No tiene ni idea el individuo que se ha metido en mi pellejo lo que me cuesta venderme cada día. Y eso que en la versión analógica sé arreglar enchufes y reparar grifos y colgar cuadros y lavar y planchar y cambiarle al coche la batería y el aceite.El único que podría comprarme soy yo, y no porque no pueda vivir sin mí, sino por lástima. En las películas de esclavos, siempre me identificaba con el esclavo que no compraba nadie. No importa al precio que me pongas, muchacho, no lograrás venderme ni a mí mismo: mi lástima no llega a tanto. Y, cuando llega, es compensada por un golpe de ira, porque hoy por hoy me detesto más de lo que me deseo. Si tuviera que elegir entre darme veinte duros y darme un tiro, me pegaría un tiro, no lo dudes. Ignoro cuánto has pagado por ser yo, pero por poco que sea has hecho un mal negocio. Antes de lo que te imaginas, vendrás a pedirme de rodillas que me haga cargo de mí mismo, tiempo al tiempo.

Pero no me intereso. Ni bañado en oro volvería a ser yo. Estoy hasta los huevos de la versión original, que dicen que es la buena, de modo que no quiero ni imaginar cómo serán las copias. Agradecería, pues, que te apropiaras también del familiar Juanjo Millás antes de que tenga un momento de debilidad y lo haga yo por pena. No olvides tomar Almax para el ardor de estómago, y Trankimazín para la angustia. Para la culpa no he encontrado nada todavía.

Juan José Millás. El otro en El País 20 Oct. 2000