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En 1956, con tan sólo veinte años, Alejandra Pizarnik publicó su segundo poemario, La última inocencia. Su cierre es un breve poema, titulado “Sólo un nombre”, que llama la atención dentro del conjunto del poemario no sólo por su forma, sino también por ofrecer, dentro de su propia obra, una respuesta relativamente definitiva a una cuestión tan aparentemente banal, pero tan importante, como es la fijación del propio nombre. Y decimos fijación porque la autora argentina tenía tantos nombres, en este momento de su vida, como ámbitos en los que se desenvolvía(1): Flora es el nombre que figura en su partida de nacimiento, y es el nombre por el que la conocían en su vida académica; Buma era el nombre empleado en el colegio y por su círculo íntimo(2), y significa `Flora´ en iddish; Blímele, `florecilla´, es el apelativo que utilizaban en la Zalman Reizien Schule; y, finalmente, Alejandra, nombre que empezó a usar durante la adolescencia por propia iniciativa y por el que era conocida en el resto de sus ámbitos, incluido el poético. Su primer poemario, La tierra más ajena, había sido firmado sólo un año antes con el nombre “Flora Alexandra Pizarnik”, y, en este segundo poemario, la poeta destierra el nombre “Flora” y transforma “Alexandra” en el definitivo “Alejandra”.

¿Cómo hemos de entender toda esta zozobra nominal y qué importancia puede tener en su poesía? Quizás sería interesante, en este momento, plantearnos el origen judío de la autora argentina y sumergirnos, por un instante, en el sentido del nombre propio para el judaísmo. Utilizaremos las ideas de Sarah Cohen(3), tomadas de diversos pensadores judíos contemporáneos y de las propias ideas semitas tradicionales, como guía. Según Cohen, tomando como punto de partida a Martin Heidegger, el lenguaje es la casa donde habita el hombre. El ser arrojado al mundo se cobija en el nombre y en él lo habita. Es el espacio desde el que se inicia todo discurso. El nombre es, asimismo, un espacio de alteridad, y, desde Levinas, concluye que el nombre propio es el espacio donde el hombre, “eterno desterrado”, sale al encuentro con el otro. El yo es totalmente dependiente de esta relación con lo externo, hasta el punto de llegar a afirmar que “el hombre es relación y no sustancia”. Dada la importancia del nombre en este sentido, es comprensible que se afirme que “carecer de nombre es pertenecer a la muerte”, ya que, si el nombre es el inicio de todo discurso y relación con lo externo, si es el espacio donde se habita el mundo, y somos relación, evidentemente no poseer nombre es no poder relacionarse y, por tanto, no ser. Cohen pone como ejemplo de carencia de nombre al Golem, quien, por su desposesión de nombre propio, permanece errante por la existencia, participando más de la muerte que de ésta. Para ella el nombre es parte de la identidad social y comunitaria, pero también “guarida del alma” (partiendo de Frazer en La rama dorada, a propósito de los indios lengua, nos dice que por ello es blanco de la muerte y a la vez protección ante ella, dado que un cambio de nombre puede esquivarla) y un constituyente importante de la “identidad” individual. El judaísmo conoce dos clases de nombre para el individuo: el nombre onomástico, por el que es conocido el individuo, y el nombre verdadero, el nombre esencial, que contiene los atributos del individuo y lleva inscrita su historia. Este nombre se da en secreto tras el nacimiento y sólo es conocido por el nominador. Pronunciarlo “es desnudar al poseedor”. En este sentido, el nombre conforma al sujeto.

Lejos de ser baladí, la alternancia nominal pizarnikiana, bajo esta óptica, toma tintes salvíficos. La voz poética, en consonancia con la concepción judaica, parece buscar su nombre verdadero, su nombre esencial: aquel que la conformará a ella y su vida, o, yendo aún más lejos, que le permitirá participar de la vida y escapar de la muerte (esta concepción del nombre queda perfectamente marcada, en La última inocencia, en su “Poema para Emily Dickinson”). Podemos comprender a esta luz la extrema importancia que tiene esta cuestión para ella. En este punto, hemos de entrar ya en el poema que cierra el libro:

Sólo un nombre

alejandra alejandra
debajo estoy yo
alejandra(4)

Es el poema más llamativo de todo el libro por su brevedad -sólo seis palabras lo componen- y por la ruptura de todo esquema sintáctico y lógico de la frase. Los nombres quedan flotando en el poema, sin anclarse en ningún esquema oracional. Además, la propia disposición centrada en el eje vertical es única en toda su obra poética: todos sus poemas se alinean a la izquierda o la derecha de la página. Las reflexiones a las que obliga su contenido, su declaración de los problemas que conlleva la palabra en una fecha tan temprana, han atraído la atención de numerosos críticos. Nosotros nos detendremos, para iniciar nuestro análisis, en las reflexiones de Francisco Lasarte(5) , incluyendo posteriormente algunas observaciones de Jacobo Sefamí(6).

Lasarte, desde el principio, sostiene que este poema representa “el fracaso de la palabra”, ante la imposibilidad de que un signo lingüístico cree la realidad. La palabra, más que exaltar, degrada, y la escritura del nombre con minúscula es una prueba de esa degradación: “el nombre propio vuelto nombre común priva a la poeta de su singularidad”. Lasarte aprecia, también, fragmentación en la triple repetición del nombre, remarcada por la división entre el nombre en el primer verso y el nombre en el tercero, más real y más próximo a la poeta(7). Es en este punto donde el crítico realiza una vuelta de tuerca(8):

Ahora bien: aceptar que una “alejandra” es más real que otra es puro subterfugio, un juego conceptual en que el lector (y la poeta) deben participar para que “Sólo un nombre” signifique como ella quiere. La situación es otra, puesto que la tercera “alejandra” –en su condición de palabra- es tan falsa como las demás. En su afán de escribir un poema “terriblemente exacto” sobre su presencia en la poesía, Pizarnik cae en la trampa del lenguaje. Irremediablemente, “Sólo un nombre” es un poema de su ausencia. La tercera “alejandra” implica una cuarta debajo de ella, y la cuarta una quinta, dentro de una serie interminable de nombres que dejan a la poeta siempre diferida, incapaz de hallar su origen o centro en el poema. Palabra y ser están separados por un abismo insalvable.

Sefamí parte de Lasarte, pero desplaza la herida a la distinción entre significante y significado, y lee este poema como cuestionamiento de las tesis saussureanas al respecto. Para explicar las consecuencias devastadoras de la multiplicación de significantes en torno a un significado, foco del problema, recurre a Lacan y a Sarduy. La elección de su propio nombre para ello es “el autorretrato de un ser que se ausenta, que desaparece”. El ser, en el sentido heideggeriano, aparece solamente como huella: “La continua autorreflexión de la poesía de Pizarnik hace que el yo poético se examine a sí mismo en cada texto, buscando afanosamente la esencia y dejando solamente huellas en ese rastreo. Ante el fracaso de esta empresa, lo único que queda es vivir a la espera del silencio.”.

Ciertamente, para nosotros, ambos acercamientos críticos son acertados: todo ello está en el poema. Nos encontramos ante una voz poética que busca su esencia y que desea encontrarla en cada composición. Este poema, ya desde su título, es un cuestionamiento del nombre, minusvalorado en su minusculización y repetición, tanto presente como ad infinitum. Existe, coincidimos con Lasarte, cierto ardid para acercar la última “alejandra” al “yo” del segundo verso.

Sin embargo, en ambos artículos se habla de la poeta, y el problema parece establecerse entre el yo de la poeta, de la persona que firma toda la obra, o casi toda, y su nombre. Eliminemos esta distinción antes de empezar nuestro análisis particular: partamos de la base de que ese yo es, simplemente, voz poética, signo textual, y que el nombre propio es, sencillamente, un nombre, pero una clase especial de nombre. Ya en el poema “La enamorada”, del mismo libro, se marca una distancia entre la voz poética y “Alejandra”, esta vez en mayúscula, no vulgarizada. Esta distancia, contenida en la narración en segunda persona de la voz, implica también distancia frente a los actos de “Alejandra”. Hay, entonces, una separación entre la persona que firma y la voz poética. Esta distancia también se aprecia aquí, y la separación se establece ya entre el nombre y la voz poética. El nombre propio no tiene ningún valor en sí mismo, no constituye nada en sí. Su inmersión en un sistema, en una clasificación, hace que esté ya marcado por la huella de los demás(9). No es, ni siquiera, “propio”: “Cuando dentro de la concienciael nombre se dicepropio, ya se clasifica y se obliteraal llamarse. No es más que un nombre que presuntamente se dice propio.” (cursivas en el original)(10). Este nombre no constituyente, y se deduce que no esencial, al quedar incluso tras la muerte, al sobrevivir y permitir y hablar del sujeto en su ausencia absoluta, señala la muerte del sujeto. “Es portador de la muerte de su portador”(11), y por ello lo desapropia al anunciar su muerte y separarse de él. Sin embargo, al quedar el nombre dentro del texto, podemos decir que Alejandra Pizarnik ha firmado el texto desde su interior. La firma es un intento de vencer la desapropiación a la que nos somete el nombre propio, de hacerse presente y validar la posesión y autoridad sobre el texto (en este caso, la posición final refuerza la autoridad sobre todo el recorrido). Sin embargo, una firma corre el riesgo de padecer todos los peligros de la palabra escrita y, por lo tanto, sigue sin ser garante de la presencia de su realizador. La firma se constituye por la repetición, validación de su mecanismo y, a la vez, su propia desautorización en la pérdida del original, en la imposibilidad de hablar de un original. Se espera que la firma se repita hasta la muerte, interrupción de la capacidad de firmar.

La repetición de la firma “alejandra” en este texto implica, por lo tanto, a la vez que su invalidación por su “vulgarización”, como decía Lasarte, un punto de vista opuesto: la repetición de la firma valida el nombre, autoriza al nombre, e introduce a la autora en su texto. El nombre, lejos de vulgarizarse y dispersarse, adquiere, mediante el mecanismo de la repetición, validez. La repetición, presente y ausente, funciona aquí, por lo tanto, como “golpe de autoridad” de quien firma el libro: “un juego conceptual en que el lector (y la poeta) deben participar para que “Sólo un nombre” signifique como ella quiere.”

Es decir, que el “yo” muera sepultado por su nombre. El título deja de despreciar a este nombre para consignar, en su ambigüedad, una intención: la existencia de “sólo un nombre”, de un único nombre firmado constituido por su reiteración y multiplicidad frente al despojamiento del deíctico “yo”, de la voz poética. Voz poética y poeta se escinden. La voz poética trata de des-autorizar a la autora, pero en su afán des-autorizador sólo puede des-autorizarse a sí misma y autorizar, a su vez, a la firmante. Valida su nombre y la llama, en su denuncia, a la presencia (¡alejandra!, ¡alejandra!, debajo estoy yo, alejandra…), enterrándose en ella. Dota, a su vez, al nombre de la firmante de su mayúscula ausente en la propia forma invertida que compone el poema minusculizador(12). Quizás, bajo esta óptica, la posición centrada en el eje vertical de la que hablamos no sea tan casual:

alejandra
debajo estoy yo
alejandra alejandra

Después de esta operación de validación, Alejandra quedó como el término definido para signar toda su obra posterior. En el resto de sus poemarios no volverá a aparecer el nombre de Alejandra escindido de la voz –se impuso Alejandra-, aunque la voz parecerá continuar asumiendo, a pesar de este encuentro entre voz y nombre, el problema de la búsqueda de la esencia propia en el lenguaje. Esta reunificación, empero, es aparente, ya que el desdoblamiento y la dislocación del sujeto implican una escisión creciente que llegará a ser completa, en todos los ámbitos, hacia el final de su andadura escritural y vital. Derrida, al decirnos que “la representación no es esencia de la presencia ni presencia de la esencia”(13), podría resumir a la perfección el final de este camino, cuya asunción será lenta y trágica hasta llegar a su negación absoluta:

no
palabras
no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?(14)

 

Javier Izquierdo Reyes. ´“Sólo un nombre”: sobre un poema de Alejandra Pizarnik´ en Fogal. 11 de junio de 2014. <https://www.revistafogal.com/2014/06/11/s%C3%B3lo-un-nombre-sobre-un-poema-de-alejandra-pizarnik/>

Notas 

(1) Véase Piña, Cristina, Alejandra Pizarnik, Planeta, Buenos Aires, 1991

(2) Véanse las notas y cartas a Bajarlía en Bordelois, Correspondencia Pizarnik, Seix Barral, Buenos Aires, 1996, o en Bajarlía, Anatomía de un recuerdo, Almagesto, Buenos Aires, 1997.

(3) Cohen, Sarah. El silencio del nombre, Anthropos, Barcelona, 1999.

(4) Pizarnik, Alejandra, Poesía completa, Lumen, Barcelona, 2001, pág. 65

(5) Lasarte, Francisco, “Más allá del surrealismo: la poesía de Alejandra Pizarnik”, en Revista Iberoamericana, nº125, Universidad de Pittsburgh, 1983, págs. 877-887.

(6) Sefamí, Jacobo. “vacío gris es mi nombre mi pronombre: alejandra pizarnik”, en Inti: Revista de Literatura Hispánica, n.º 39, primavera de 1994, págs. 111-118.

(7) En este sentido, por ejemplo, se declara Haydu (Alejandra Pizarnik: Evolución de un lenguaje poético, Interamer, Washington, 2002, tomado aquí de http://iacd.oas.org/interamer/haydu.htm), quien observa: “En los versos 2 y 3 se cumple el encuentro consigo misma y la unicidad que ya aparece indiciada en el título del poema en “Sólo” y “un”. El tercer verso es la síntesis del tú y del yo. Tenemos una verdadera imagen especular: “Alejandra” se mira y se desdobla. Crea un espacio físico, que servirá, además, para crear el lugar de la fusión y del encuentro, al utilizar el adverbio “debajo”.

(8) Lasarte, op. cit., págs. 869 y 870

(9) Derrida, Jacques y Bennington, Geoffrey. Jacques Derrida, Cátedra, Madrid, 1994, pág. 124. Nos ayudaremos de él, a partir de aquí, para tratar el nombre propio.

(10) Derrida, Jacques. De la gramatología, Siglo XXI, México, pág. 258

(11) Derrida, Jacques y Bennington, Geoffrey, op. cit., pág. 163

(12) Si nos atenemos al testimonio de Bajarlía (op. cit., pág. 73), la aparición de Flora en el nombre supondría un peligro por el antisemitismo soterrado de la última fase peronista, que amenazaba con estallar en cualquier momento. Podría barajarse, entonces, este reforzamiento del nombre “alejandra” como la ocultación y denegación del nombre judío en el ámbito público, como enmascaramiento de tal origen e impedimento de que un atributo étnico centre la atención. Ello favorecería la “desenvuelta indiferencia respecto del estigma” (Goffman, Estigma. La identidad deteriorada. Buenos Aires, Amorrortu, 2003, pág. 124). No obstante, a falta de un estudio más profundo sobre la cuestión, el hecho de que el nombre Flora pertenezca también al ámbito cristiano nos hace tomar con cautela la afirmación de Bajarlía, así como todas las consecuencias que se puedan derivar de ella.

(13) Derrida, Jacques, De la gramatología, op. cit. Pág. 398

(14) Pizarnik, op. cit., págs. 398 y 399