De las nucas

Después de la segunda copa de Malbec no le creo nada, pero me hizo reír tanto, que verdad o Malbec vale la pena repetirlo: “todo lo que los hombres queremos es que nos acaricien la nuca. Que me parece un poco reducido en expectativas, le dije. Que no, que es todo lo queremos, insistió. A algunos nos gusta más subiendo por la nuca hacia el centro de la cabeza, a otros, hacia los costados casi por la mandíbula. Le retiré la botella, pero no pude quitarle la copa. OK, te creo lo de la nuca pero explicame, además ¿qué otra cosa quieren?; ¿Los hombres? me preguntó; no las nucas, le contesté. Sí, los hombres. ¿Además de que nos toquen la nuca? Sí, además. Bueno eso depende. Si se trata de una relación light, un rato después nos enamoramos. Pero si es una relación formal, un rato después nos aburrimos. Si estamos con una mujer independiente, un rato después queremos controlarlo todo. Ahora si es sumisa, un rato después es agobiante tener que decidir cada paso. Una mujer decidida en la cama, un rato después preocupa. Ahora si es pasiva, un rato después queremos acción. Si una mujer delgada, un rato después mejor que sea rellena. Si es gorda, obvio que queremos una flaca. Si una mujer afectuosa… pará, le dije, ¿vos me hablás en serio? Sí claro -y me arrebató el malbec. Nos quedamos callados, midiéndonos. Está bien, está bien. Reconozco que a veces también queremos otra cosa. ¿Qué? le pregunté. Se me acercó al oído con una semisonrisa  y me acarició la nuca, justo en el centro.

Esther

Felicitas

A los 22 años quedó viuda. Se había casado obligada a los 16, con Martín Alzaga que la doblaba en edad pero no en deseos. Felicitas Guerrero era bellísima, rica, aristocrática e inteligente (¿qué drama no trae la belleza cuando se funde a la inteligencia?); contaba con una lista extensa de pretendientes que disputaban su mano, cuando no todo su cuerpo, o su fortuna. Entre todos, un hombre: Enrique Ocampo, la amaba desesperadamente, la imaginaba. Pero ella decidió elegir esta vez: quería a cierto estanciero. Ocampo también decidió y se lo explicó con un revolver que la dejó tendida en un sillón de la sala principal. El amor no correspondido es siempre un modo de hablar sobre la muerte y esa mujer deseada, ese amante asesino, se mezclan en las paredes de un recinto de Barracas que calla por prudente, no por mezquino. Un comedor obrero y una lavandería. Un templo escondido. ¿Cómo describirlo sin destrozarlo en el mismo intento? Hay que contemplarlo.

Transitar un museo es como estar dentro de una película. Buenos Aires, ciudad fantástica: catacumbas, restaurantes, iglesias, edificios, todos gritan alguna historia si nos detenemos a escucharla. ¿No es por eso que leemos, vemos cine, comentamos en la oficina? Sí, queremos historias, queremos detalles. Cómo fue, qué pasó, quién lo hizo. Necesidad de relatar para relatarnos.

Esther

Carnaval, fiesta del revés

Durante la Edad Media los festejos del carnaval ocupan un lugar destacado en la vida pública y poco tiene que ver con nuestra idea actual del carnaval y sus maneras de celebrarlo. Mijail Bajtin analiza el tema en profundidad en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento; explica que el carnaval es “la segunda vida del pueblo”, da cuenta de la “dualidad del mundo”, es la “fiesta del revés”. De modo que no solo aparece como festejo temporal sino, más que eso, como estilo de vida. El carnaval no pertenece al arte, es la vida misma, tiene elementos del juego. Ignora la distinción entre actores y espectadores, todos participan, todos se ríen de todos, todos sonridículos, el que se burla y el burlador son el mismo, aboliendo una distancia que hoy resulta imposible. Los personajes característicos son bufones y payasos que no hacen de sino que viven su vida como: no son actores sobre el escenario, son bufones y payasos en todas las circunstancias de su vida. “El carnaval es el triunfo de una liberación transitoria y la abolición provisional de las relaciones jerárquicas”. Esta liberación venia de un modo de participar y relacionarse, grotesco, desinhibido y satírico, donde el elemento central era la risa, una risa que era universal y no individual, que negaba y afirmaba. Una risa que incluye a los que ríen.

Esther