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A veces le asisten espacios de cordura, momentos de realidad. Que son todo, porque sin ellos qué haría. Qué nuevos episodios inventaría. Recurre a esos instantes como un maratonista sediento. Los exprime. Sabe que son escasos y breves. Tan breves que es un fastidio. Por eso cuando aparecen, sin lógica ni cronometría, decide. Y puede ser que decida desde un viaje hasta un nuevo corte de pelo. Desde un matrimonio hasta una visita inadecuada. Cuenta con esas brevedades, pero no las espera. Porque sabe que aparecen sin lógica ni cronometría. En uno de esos brevísimos momentos (tal vez el más breve que recuerde) decidió enterarse de su casa habitada de él y por él. Enterarse de sus rincones. Y los recorrió todos, los bendijo uno por uno, los amó como a huérfanos. Y después se le fue la brevedad, la cordura, la sed, la realidad y le pareció que era nada. La casa, los rincones y los huérfanos.

Entonces la vendió.

Esther