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Este puntilloso espíritu de camaradería que había observado últimamente en su rival no lograba apartar a Stephen de sus hábitos de tranquila obediencia. Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad de una tal camaradería que le parecía una triste anticipación de la virilidad. El punto de honor suscitado ahora le resultaba tan trivial como todas estas cuestiones. Mientras su imaginación había estado atareada persiguiendo fantasmas intangibles, o dejando de perseguirlos para caer en la irresolución, había estado escuchando constantemente las voces de sus profesores que le excitaban a ser antes que nada un perfecto caballero y un buen católico. Estas voces habían llegado a sonar en sus oídos como palabras vacías. Al abrirse el gimnasio, había oído otra voz que le mandaba ser fuerte, viril y saludable. Y cuando el movimiento a favor de un renacimiento nacional se había comenzado a sentir en el colegio, otra voz le había invitado a ser fiel a su patria y a ayudar a vivificar su lenguaje y sus tradiciones. En lo profano, lo preveía, habría otra voz que le invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida hacienda de su padre; y, entre tanto, la voz de sus compañeros le mandaba ser un buen camarada, encubrirlos en sus faltas, interceder por su perdón y hacer todos los esfuerzos posibles para obtener días de asueto para el colegio. Y era el zumbido vacío de todas estas voces lo que le hacía titubear en la persecución de sus propios fantasmas. Sólo les prestaba atención por algún tiempo, y era feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera del alcance de su llamamiento, solo, o en compañía de sus propios yfantasmales compañeros.

James Joyce. Retrato del artista adolescente (1916).

Dublin 1882 – Zurich 1941