Siesta

Un zumbido de moscas anestesia la aldea.
El sol unta con fósforo el frente de las casas,
y en el cauce reseco de las calles que sueñan
deambula un blanco espectro vestido de caballo.

Penden de los balcones racimos de glicinas
que agravan el aliento sepulcral de los patios
al insinuar la duda de que acaso estén muertos
los hombres y los niños que duermen en el suelo.

La bondad soñolienta que trasudan las cosas
se expresa en las pupilas de un burro que trabaja
y en las ubres de madre de las cabras que pasan
con un son de cencerros que, al diluirse en la tarde,
no se sabe si aún suena o ya es sólo un recuerdo
¡Es tan real el paisaje que parece fingido!

Oliverio Girondo. “Siesta” (1923)

Dolida pero despierta

Yo me voy de aquí jodida pero contenta
Tu me has doblado
Pero yo aguanto
Dolida pero despierta
Por mi futuro
Con miedo pero con fuerza
Yo no te culpo ni te maldigo
Cariño mio
Jodida pero contenta
Yo llevo dentro una esperanza
Dolida pero despierta
Por mi futuro
Con miedo pero con fuerza
Que a partir de ahora
y hasta que muera
Mi mundo es mio

Y con tormento y sin dolores
Yo voy haciendo camino
Y que la brisa marinera
Me oriente hacia mi destino
Asi es que me voy bajando
Para la orillita de puerto
Y el primer barco que pase que
Me lleve mar adentro

Buika. Jodida pero contenta (extracto)

Un aporte de Cosas de Bicicleta

Sacudir la quietud

Estas formas previas de continuidad, todas esas síntesis que no problematizamos y que dejamos en pleno derecho, es preciso tenerlas, por lo tanto, en suspenso. No recusarlas definitivamente, sino sacudir la quietud con la cual se las acepta; mostrar que no se deducen naturalmente, sino que son siempre el efecto de una construcción  cuyas reglas se trata de conocer y cuyas justificaciones hay que controlar; definir en qué condiciones y en vista de qué análisis ciertos son legitimas; indicar las que, de todos modos, no pueden ya ser administradas.

Michel Foucault (1926-1984). La arqueología del saber (1970). Traducción: Aurelio Garzón del Camino.

Alicia

Alicia y la Oruga se contemplaron mutuamente durante un rato en silencio; por fin, la Oruga retiró el narguile de la boca y se dirigió a ella con voz lánguida y soñolienta.

– “¿Quién eres tú?” – dijo la Oruga.

No era éste un principio alentador para una conversación. Alicia contestó con cierta reserva:

“Yo…, yo… ahora no sé muy bien, señor…, pero sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; me parece que he debido cambiar varias veces desde entonces.

– ¿Qué quieres decir? – dijo la Oruga en tono severo -. ¡Explícate[1]!

– Me temo, señor, que no puedo explicarme a mí misma – dijo Alicia -, porque yo ya no soy yo, como podrá ver.

– No, yo no veo nada – dijo la Oruga.

– Mucho me temo que no puedo explicárselo con mayor claridad – respondió Alicia muy cortés -, porque, para empezar, ni yo misma puedo entenderlo; y cambiar tantas veces de tamaño en un solo día es muy desconcertante.

– No lo es – dijo la Oruga.

– Bueno, quizá a usted no se lo haya parecido hasta ahora -dijo Alicia-; pero cuando tenga que volverse crisálida… y eso le pasará algún día, ¿sabe?… y luego mariposa, seguro que le parecerá un poco raro.

– Pues no – dijo la Oruga.

– Bueno, quizá sus sentimientos sean diferentes -dijo Alicia-; yo sólo sé que para mí sería muy raro.

– ¡Para ti! – dijo la Oruga desdeñosamente -. Y ¿quién eres tú?

Esto los devolvía al principio de la conversación.

Lewis Carroll (1832-1898). Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (1865). Traducción y notas de Mauro Armiño (2003)


[1] En inglés: Explain yourself, que tiene dos posibles sentidos: “explícate”, y también “explícate tú a ti misma”. De ahí la respuesta de Alicia: I can´t explain myself, Im afraid, sir, because I´m not myself, you see: “Me temo, señor, que no puedo explicarme a mí misma, porque ya ve usted que no soy yo misma”.

Florence y Edward

La vio acercarse caminando por la playa, una forma que al principio solo era una mancha añil contra los guijarros que se oscurecían, y que a veces parecía inmóvil, contornos que destellaban y se disolvían, y otras veces súbitamente más próxima, como una pieza de ajedrez adelantada unas cuantas casillas hacia ella. El último resplandor del día bañaba la orilla, y detrás de Florence, hacia el este, lejos, había puntos de luz en Portland, y la base de la nube reflejaba el débil fulgor amarillento de las farolas de una ciudad lejana. Le miraba deseando que avanzara más despacio, porque sentía un temor culpable y tenía una necesidad acuciante de disponer de más tiempo. Temía cualquier conversación que fueran a mantener. A su modo de ver, no existían palabras para expresar lo que había ocurrido, no existía un lenguaje común con el cual dos adultos cuerdos pudieran describirse aquellos sucesos. Y discutir al respecto rebasaba aún más los límites de su imaginación. No había discusión posible. Ella no quería pensar en el asunto, y confiaba en que él opinara lo mismo.

Ian McEwan (1948). Chesil Beach (2007)