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La vio acercarse caminando por la playa, una forma que al principio solo era una mancha añil contra los guijarros que se oscurecían, y que a veces parecía inmóvil, contornos que destellaban y se disolvían, y otras veces súbitamente más próxima, como una pieza de ajedrez adelantada unas cuantas casillas hacia ella. El último resplandor del día bañaba la orilla, y detrás de Florence, hacia el este, lejos, había puntos de luz en Portland, y la base de la nube reflejaba el débil fulgor amarillento de las farolas de una ciudad lejana. Le miraba deseando que avanzara más despacio, porque sentía un temor culpable y tenía una necesidad acuciante de disponer de más tiempo. Temía cualquier conversación que fueran a mantener. A su modo de ver, no existían palabras para expresar lo que había ocurrido, no existía un lenguaje común con el cual dos adultos cuerdos pudieran describirse aquellos sucesos. Y discutir al respecto rebasaba aún más los límites de su imaginación. No había discusión posible. Ella no quería pensar en el asunto, y confiaba en que él opinara lo mismo.

Ian McEwan (1948). Chesil Beach (2007).