El último lector

Hay una foto donde se ve a Borges que intenta descifrar las letras de un libro que tiene pegado a la cara. Está en una de las galerías altas de la Biblioteca Nacional de la calle México, en cuclillas, la mirada contra la página abierta.

Uno de los lectores más persuasivos que conocemos, del que podemos imaginar que ha perdido la vista leyendo, intenta, a pesar de todo, continuar. Esta podría ser la primera imagen del último lector, el que ha pasado la vida leyendo, el que ha quemado sus ojos en la luz de la lámpara. `Yo soy ahora un lector de páginas que mis ojos ya no ven.´

Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente. En la clínica del arte de leer, no siempre el que tiene mejor vista lee mejor.

Ricardo Piglia. El último lector (2005)

Un lunar de tu cara

“Pero, puestos a escoger, prefiero un buen polvo a un rapapolvo y un bombero a un bombardero, crecer a sentar cabeza, prefiero la carne al metal y las ventanas a las ventanillas, un lunar de tu cara a la Pinacoteca Nacional y la revolución a las pesadillas. Prefiero, el tiempo al oro, la vida al sueño, el perro al collar, las nueces al ruido y al sabio por conocer que a los locos conocidos.”

Joan Manuel Serrat. Cada loco con su tema (1983)

Hay hombres

«Hay hombres que de su cencia

Tienen la cabeza llena;

Hay sabios de todas menas,

Mas digo sin ser muy ducho:

Es mejor que aprender mucho

El aprender cosas guenas»

 

There’s heads with books stuffed chock-a-block,

Every breed and brand and style,

Though I’m not expert in such mysteries,

I’ve picked up enough to teach me this:

That better than learning no-end of things

Is to know a few things worth while.

 

José Hernández. La vuelta de Martín Fierro (1879)

La vuelta de Martín Fierro PDF

The gaucho Martin Fierro PDF

Padres

Padres. Hombres potencialmente padres. Padres impotentes. Padres con poder. Poderosos que no son padres. Jóvenes que no saben que son padres. Padres enterados que sin embargo no entienden. Entendidos en el tema que buscan. Todos llevamos un padre a cuestas. Todos somos un padre, enterado, impotente, potencial, poderoso, digno, infeliz, anticuado, amoroso. Todos admiramos a otro padre que no es el que nos tocó. Todos tenemos el padre que amamos, que a veces coincide con la sangre y a veces no. Padres que coinciden y padres que juegan a ser lo que les sale. Padres íntegros, padres anécdota, padres imposibles, padres admirables. Un rol, un estado, una situación o las tres revueltas en un hombre. Entre tanto, desde el sillón mi propio padre me consulta una sencillez que no puedo responderle ahora que estoy preguntándome cuál de todos será él.

Esther

Piedritas

“De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana quiere avisarme que está ahí esperando pero me siento calmo casi diría ecuánime voy a guardar la angustia en un escondite y luego a tenderme cara al techo que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas quién sabe dónde quedan mis próximas huellas ni cuándo mi historia va a ser computada quién sabe qué consejos voy a inventar aún y qué atajo hallaré para no seguirlos está bien no jugaré al desahucio no tatuaré el recuerdo con olvidos mucho queda por decir y callar y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido

que la alegría no tire más piedritas abriré la ventana.” Mario Benedetti. Piedritas en la ventana

Y aunque aquél maestro, modelo y guía de mis primeros años literarios, lo llamó poeta menor y me reprochó el citarlo, lo sigo leyendo después de muchas lecturas a cuestas, tratando de entender su desazón, su aludir a la alegría sin creerla.

Esther