Formación In-formación

Sin duda es conveniente leer los diarios para comprender luego Barcelona. Fuera de eso se trata siempre de resolver de la mejor manera posible, la tensión entre formación e información. No hay tiempo para las dos. En una época de formación permanente, informarse es casi suntuoso. Pocas veces nos encontramos con personas que, excesivamente informadas, den cuenta simultáneamente de una formación adecuada. Porque estudiar, capacitarse, entender, exige una distancia necesaria del flujo cotidiano de los acontecimientos. Aprender requiere suspender el tiempo, hacer como si no pasara nada allá afuera y solo aquí adentro en este escritorio. Por el contrario, informarse es atender estímulos externos y ponerlos en relación constante con los otros infinitos aconteceres (actividad que juzgo absolutamente innecesaria dado su alto índice de repetitividad). Nada hay de nuevo que no pueda imaginarse o ficcionarse. Basta reiterar hasta el hartazgo los amargos hechos de los últimos diez años y se obtiene el presente. Cualquiera que comprenda los modos correctos de proyectar información obtendrá eso que la tele llama “realidad”. Cierto: aparece necesario el equilibrio pero no tengo idea de cómo se lograría. Mientras tanto Barcelona satisface perfectamente todas las necesidades de actualidad, en algo que podría ser la síntesis entre necesidades de in-formación y necesidades de formación, a saber: la de-formación de la, de todos modos, inaccesible realidad.

Esther

Cachi

En el recorrido propuesto de los Valles Calchaquíes está Cachi. Pueblo diminuto y polvoriento y, según me dicen, visitado por extraterrestres con alguna asiduidad. En Cachi no hay mucho para hacer de modo que comer es el mejor plan. Así pasé la tarde entre casuelas de llama y cabernet, empanadas y cerveza Salta, hasta que se hizo la noche y solo quedaban los nenes corriendo en la Plaza única. El silencio profundo y la oscuridad absoluta entrecortada por farolitos de pocos wats en extraña combinación con horas de alcohol, abren un paisaje, hasta el momento insospechado. En el camino algo destaca: no hay puertas abiertas en ninguna casa y los picaportes brillan con su mejor bronce. Puertas horrendas, puertas nuevas, puertas altas… en todas se repite con el mismo empeño ese picaporte endemoniado. No sé que hacen estos habitantes encerrados tan temprano con la luz apagada, solo adivinados por el murmullo que dejan filtrar por debajo de las puertas herméticas. Y por qué cierran las puertas. Y por qué tienen los picaportes tan brillantes. Había dejado mi equipo antropológico en Buenos Aires de modo que no tuve cómo auscultar. Pensé en los extraterrestres y tuve que desestimarlo por razones obvias: cualquiera sabe que están en elUritorco y no en Cachi. Preferí no consultarlo con nadie menos por discreta que por miedo a escuchar alguna historia que me perturbara el sueño. Pero aquello que estamos destinados a saber es inevitable y por esas causalidades en el almacén, mientras reclamo una Villavicencio fría, escucho algo de unos enanos que salen de ronda después de las doce (horario conveniente si se es enano de historia espantosa) y andan por ahí robando picaportes con intenciones siniestras. Los motivos, los modos de operar y las relaciones con la cerrajería como seudociencia paranormal, me los reservo para preservar la sensibilidad de quién lee. Sépase únicamente que las siguientes tres noches dormí de a ratos, vigilando que la puerta de la habitación permaneciera cerrada. A la cuarta me conjuró un cerrajero y seguí mi viaje.

Esther

F de Facundo o de Funes

Recomiendo la instructiva relectura del Facundo, en especial el apartado del «Gaucho Malo» donde se destaca la memoria extra-ordinaria de aquéllos, cuando se trata de recordar caballos de mil estancias. Son como unos memoriosos Funes pero mal entrazados y mal entretenidos. Pegan la oreja al suelo y perciben, ya no un galopar, sino la esencia misma de quién galopa. Funes, no sólo recuerda “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”. Incapaces de portar ideas generales solo pueden memorizar particulares. Las consecuencias las explica Borges muy bien: Funes no discierne el avance del minutero sino “los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga”. Y en instancia de concluir define: “Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” La analogía con Sarmiento y su Gaucho Malo es casi obvia, pero no me animo a afirmarlo (no porque no me parezca, solo por no permitírselo) Literato, cajetilla… mal entretenido. Lo que quería en realidad es recomendarles la instructiva relectura del memorioso Funes.

Esther

Reparar

Reparar en las cosas es tal vez uno de los gestos más humanos que pueden ocurrirnos. Ese instante en que damos cuenta de las arrugas al lado de los ojos, que escuchamos a nuestro padre repitiendo la misma anécdota, que miramos la biblioteca atestada de libros sin acomodar. Esos momentos que no hacen otra cosa que marcar el tiempo. No ocurre todos los días, por eso los instantes en que reparamos nos detienen el corazón un rato y también la vista. Ese señor que amanece al lado, ese deporte que ya se practica solo casi sin nosotros, esa charla gastada con el mismo amigo, esa esperanza reiterada… Sin embargo ninguno de estos reparares es tan complejo ni tan profundo como el de reparar en el acto rutinario, en ese itinerario desprovisto de juicio, ese puro acto mecánico. Poner la pava y ni preguntarse si a esa mañana en vez de té no le iba mejor un licuado. Propone Ortega y Gasset que siempre hay posibilidad de elección que aun el esclavo puede elegir: obedecer o morir. Nuestras elecciones parecieran más sencillas que la vida o la muerte… pero no dudo que reparar en la primera, considerar sus ofertas diarias con mayor respeto y solemnidad, puede ser un excelente elixir contra la segunda y su empleado destacado: el tiempo.

Esther

De las nucas

Después de la segunda copa de Malbec no le creo nada, pero me hizo reír tanto, que verdad o Malbec vale la pena repetirlo: “todo lo que los hombres queremos es que nos acaricien la nuca. Que me parece un poco reducido en expectativas, le dije. Que no, que es todo lo queremos, insistió. A algunos nos gusta más subiendo por la nuca hacia el centro de la cabeza, a otros, hacia los costados casi por la mandíbula. Le retiré la botella, pero no pude quitarle la copa. OK, te creo lo de la nuca pero explicame, además ¿qué otra cosa quieren?; ¿Los hombres? me preguntó; no las nucas, le contesté. Sí, los hombres. ¿Además de que nos toquen la nuca? Sí, además. Bueno eso depende. Si se trata de una relación light, un rato después nos enamoramos. Pero si es una relación formal, un rato después nos aburrimos. Si estamos con una mujer independiente, un rato después queremos controlarlo todo. Ahora si es sumisa, un rato después es agobiante tener que decidir cada paso. Una mujer decidida en la cama, un rato después preocupa. Ahora si es pasiva, un rato después queremos acción. Si una mujer delgada, un rato después mejor que sea rellena. Si es gorda, obvio que queremos una flaca. Si una mujer afectuosa… pará, le dije, ¿vos me hablás en serio? Sí claro -y me arrebató el malbec. Nos quedamos callados, midiéndonos. Está bien, está bien. Reconozco que a veces también queremos otra cosa. ¿Qué? le pregunté. Se me acercó al oído con una semisonrisa  y me acarició la nuca, justo en el centro.

Esther