Felicitas

A los 22 años quedó viuda. Se había casado obligada a los 16, con Martín Alzaga que la doblaba en edad pero no en deseos. Felicitas Guerrero era bellísima, rica, aristocrática e inteligente (¿qué drama no trae la belleza cuando se funde a la inteligencia?); contaba con una lista extensa de pretendientes que disputaban su mano, cuando no todo su cuerpo, o su fortuna. Entre todos, un hombre: Enrique Ocampo, la amaba desesperadamente, la imaginaba. Pero ella decidió elegir esta vez: quería a cierto estanciero. Ocampo también decidió y se lo explicó con un revolver que la dejó tendida en un sillón de la sala principal. El amor no correspondido es siempre un modo de hablar sobre la muerte y esa mujer deseada, ese amante asesino, se mezclan en las paredes de un recinto de Barracas que calla por prudente, no por mezquino. Un comedor obrero y una lavandería. Un templo escondido. ¿Cómo describirlo sin destrozarlo en el mismo intento? Hay que contemplarlo.

Transitar un museo es como estar dentro de una película. Buenos Aires, ciudad fantástica: catacumbas, restaurantes, iglesias, edificios, todos gritan alguna historia si nos detenemos a escucharla. ¿No es por eso que leemos, vemos cine, comentamos en la oficina? Sí, queremos historias, queremos detalles. Cómo fue, qué pasó, quién lo hizo. Necesidad de relatar para relatarnos.

Esther

Carnaval, fiesta del revés

Durante la Edad Media los festejos del carnaval ocupan un lugar destacado en la vida pública y poco tiene que ver con nuestra idea actual del carnaval y sus maneras de celebrarlo. Mijail Bajtin analiza el tema en profundidad en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento; explica que el carnaval es “la segunda vida del pueblo”, da cuenta de la “dualidad del mundo”, es la “fiesta del revés”. De modo que no solo aparece como festejo temporal sino, más que eso, como estilo de vida. El carnaval no pertenece al arte, es la vida misma, tiene elementos del juego. Ignora la distinción entre actores y espectadores, todos participan, todos se ríen de todos, todos sonridículos, el que se burla y el burlador son el mismo, aboliendo una distancia que hoy resulta imposible. Los personajes característicos son bufones y payasos que no hacen de sino que viven su vida como: no son actores sobre el escenario, son bufones y payasos en todas las circunstancias de su vida. “El carnaval es el triunfo de una liberación transitoria y la abolición provisional de las relaciones jerárquicas”. Esta liberación venia de un modo de participar y relacionarse, grotesco, desinhibido y satírico, donde el elemento central era la risa, una risa que era universal y no individual, que negaba y afirmaba. Una risa que incluye a los que ríen.

Esther

El otro

Cuando me dijeron que no puedo ser Juan José Millás en Internet porque alguien se lo ha pedido antes que yo, mi primer impulso fue poner una denuncia. Luego, como el abogado me salía más caro de lo que valgo, decidí dejar las cosas como están. Ese loco que pretende ser yo no tiene ni idea, pues, de la vida que le espera. Si ha de pasar en la existencia digital por la mitad de lo que yo he pasado en la analógica, no tardará en salir corriendo de mi cuerpo. Entre tanto, me divierte asomarme cada día al ojo de cerradura de la Red y ver a qué se dedica mi reflejo cibernético. De momento, no se dedica a nada: está ahí el pobre, en medio de un escaparate desolado, esperando que alguien lo compre. Pero quién va a comprarlo. ¿Quién va a comprar un Juan José Millás binario, por favor? No tiene ni idea el individuo que se ha metido en mi pellejo lo que me cuesta venderme cada día. Y eso que en la versión analógica sé arreglar enchufes y reparar grifos y colgar cuadros y lavar y planchar y cambiarle al coche la batería y el aceite.El único que podría comprarme soy yo, y no porque no pueda vivir sin mí, sino por lástima. En las películas de esclavos, siempre me identificaba con el esclavo que no compraba nadie. No importa al precio que me pongas, muchacho, no lograrás venderme ni a mí mismo: mi lástima no llega a tanto. Y, cuando llega, es compensada por un golpe de ira, porque hoy por hoy me detesto más de lo que me deseo. Si tuviera que elegir entre darme veinte duros y darme un tiro, me pegaría un tiro, no lo dudes. Ignoro cuánto has pagado por ser yo, pero por poco que sea has hecho un mal negocio. Antes de lo que te imaginas, vendrás a pedirme de rodillas que me haga cargo de mí mismo, tiempo al tiempo.

Pero no me intereso. Ni bañado en oro volvería a ser yo. Estoy hasta los huevos de la versión original, que dicen que es la buena, de modo que no quiero ni imaginar cómo serán las copias. Agradecería, pues, que te apropiaras también del familiar Juanjo Millás antes de que tenga un momento de debilidad y lo haga yo por pena. No olvides tomar Almax para el ardor de estómago, y Trankimazín para la angustia. Para la culpa no he encontrado nada todavía.

Juan José Millás. El otro en El País 20 Oct. 2000