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Aunque hacía dos años que no cruzaba con ella una mirada, Orson Welles era todavía, en la primavera de 1947 (el divorcio llegó en otoño), marido de Rita Hayworth, cuando ella se ofreció al eternamente cabreado Harry Cohn, jefazo de la Columbia, para protagonizar con Welles un thriller de relleno de lote, La dama de Shanghai, ínfimo para su condición de máxima estrella de Hollywood. Welles, que dirigía también la película y escribió los diálogos del personaje, Elsa Bannister, a la medida de la segundona Barbara Laage, no se sorprendió ante el ofrecimiento de una mujer cuyas interioridades eran para él un libro abierto en el campo de batalla del doloroso matrimonio que padecieron. Cuando, años después, la actriz evocó como «el tiempo de la dicha» ese infortunado desamor, Welles dijo a unos amigos con voz más sombría que de costumbre: «Si aquello fue la felicidad, imaginad lo que habrá sido para ella el resto de su vida».

Ángel Fernández Santos. Tiempo de felicidad. El País, 27 de abril de 1998. Extracto.