Brevedades

A veces le asisten espacios de cordura, momentos de realidad. Que son todo, porque sin ellos qué haría. Qué nuevos episodios inventaría. Recurre a esos instantes como un maratonista sediento. Los exprime. Sabe que son escasos y breves. Tan breves que es un fastidio. Por eso cuando aparecen, sin lógica ni cronometría, decide. Y puede ser que decida desde un viaje hasta un nuevo corte de pelo. Desde un matrimonio hasta una visita inadecuada. Cuenta con esas brevedades, pero no las espera. Porque sabe que aparecen sin lógica ni cronometría. En uno de esos brevísimos momentos (tal vez el más breve que recuerde) decidió enterarse de su casa habitada de él y por él. Enterarse de sus rincones. Y los recorrió todos, los bendijo uno por uno, los amó como a huérfanos. Y después se le fue la brevedad, la cordura, la sed, la realidad y le pareció que era nada. La casa, los rincones y los huérfanos.

Entonces la vendió.

Esther

Padres

Padres. Hombres potencialmente padres. Padres impotentes. Padres con poder. Poderosos que no son padres. Jóvenes que no saben que son padres. Padres enterados que sin embargo no entienden. Entendidos en el tema que buscan. Todos llevamos un padre a cuestas. Todos somos un padre, enterado, impotente, potencial, poderoso, digno, infeliz, anticuado, amoroso. Todos admiramos a otro padre que no es el que nos tocó. Todos tenemos el padre que amamos, que a veces coincide con la sangre y a veces no. Padres que coinciden y padres que juegan a ser lo que les sale. Padres íntegros, padres anécdota, padres imposibles, padres admirables. Un rol, un estado, una situación o las tres revueltas en un hombre. Entre tanto, desde el sillón mi propio padre me consulta una sencillez que no puedo responderle ahora que estoy preguntándome cuál de todos será él.

Esther

Piedritas

“De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana quiere avisarme que está ahí esperando pero me siento calmo casi diría ecuánime voy a guardar la angustia en un escondite y luego a tenderme cara al techo que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas quién sabe dónde quedan mis próximas huellas ni cuándo mi historia va a ser computada quién sabe qué consejos voy a inventar aún y qué atajo hallaré para no seguirlos está bien no jugaré al desahucio no tatuaré el recuerdo con olvidos mucho queda por decir y callar y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido

que la alegría no tire más piedritas abriré la ventana.” Mario Benedetti. Piedritas en la ventana

Y aunque aquél maestro, modelo y guía de mis primeros años literarios, lo llamó poeta menor y me reprochó el citarlo, lo sigo leyendo después de muchas lecturas a cuestas, tratando de entender su desazón, su aludir a la alegría sin creerla.

Esther

No me diga

Encontré sin buscar y estaba él, con su mirada de niño tímido, con esa ingenuidad que tiene para responder cuando le preguntan trascendencias. “¿Yo dije eso?” “¿Cuándo?” Y el periodista español le precisa fecha y libro con una sonrisa enorme; espera que esa oración pronunciada dé lugar a una reflexión, a un descubrimiento fantástico y definitivo de su ser. “No sabía lo que decía, estaba practicando, tratando de ver si me salía escribir” El periodista no se resigna: “Pero Maestro, usted es uno de los escritores más…” No lo dejó completar la frase, lo miró ciego y cargado: “No me diga maestro, dígame simplemente Borges”.

Esther

Tres mujeres en un renó 12

Tres mujeres en un renó 12. La más flaca fuma. La que maneja hace una maniobra y estaciona entre unos árboles al costado de la Ruta 8. La que va sentada atrás se recoge el pelo con un esmero inútil para la maraña que lleva. La flaca ya no fuma y apoya el cuello en el respaldo mientras mira pasar un camión de La Serenísima. No hablan. Ni siquiera se miran. Esperan sin ritmo. La más flaca prende otro cigarrillo y se quema con el encendedor. No se queja. Las otras no se enteran. La que maneja se da vuelta y le pregunta algo a la de atrás que pese a sus esfuerzos continua con el cabello como fideos. Le dice que sí con la cabeza y la otra enciende el auto, pero el Renó no se mueve. La más flaca señala a un hombre sin carácter que se acerca lento. Una de ellas baja la ventanilla y lo saluda con un gesto. El hombre sin carácter desaparece por el camino que lo trajo. La que maneja apaga el auto y deja colgar las manos sobre el volante. Están decididas a esperar sin ritmo. Y se quedan ahí hasta que anochece, esperando.

Esther