Jirafas

Qué pretende el pájaro
violentar al viento,
surcos, delineados por los dedos del eterno,
de lluvia que besa y arrastra por que sí

Y vos que estás y, no
qué pretende tu sonrisa, pintada en acuarela
¿qué?
ah,…ensalada de espinacas crudas,
milanesas de soja algo pasadas de cocción y un
vino tinto por supuesto tan gato, acompañado por
tus historias de niñez cercana,… partidas sin regresos,
de Santos Lugares a Ituzaingó

¿Para qué tanto?

Y por ahí, bocanada aclimatando el derpa

Solo una noche así tan Luna, tan vos, tan frío,
pudo terminar en la Costanera Sur,
y tus ojitos inventando secuencias felices
o algo parecido a eso

Pero,… siempre hay un pero y
te piraste, piro de ángel lastimado al vuelo con sus alas
de gorrión mojado
y, con el olor a tu sexo en la boca disfracé inviernos,
dulces veintiséis

Amarte, es como escuchar la melodía de un tango en el Pasaje la Piedad y
no poder comprender cómo es que los delfines
terminan arrojados en un cenicero del bar teatro

¿Para qué tanto?

Yo hice de tu básica historia cotidiana, solo una básica poesía cotidiana.

Sucede que, busco peces en las miradas de todos y a veces mujer,
solo a veces intento construir mariposas
escribiendo mis palabras en el agua.

Alberto Burda. Jirafas (2001) Versión original.

 

Ruido

Mis padres vivian
encima de una discoteca
todas las noches se quejaban
los de la discoteca
porque hacían mucho ruido.

Ella le pidió que la llevara al fin de mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.

Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido,
y con tanto ruido
no escucharon el final.

Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final…

Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad.
Porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.

Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se pisaron las pisadas,
se borraron los caminos,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.

Mucho, mucho ruido,
ruido de tijeras,
ruido de escaleras
que se acaban por bajar.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido.
Tanto ruido y al final…
Tanto ruido y al final…
Tanto ruido y al final
la soledad.

Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.

Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.

Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.

Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.

Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.

Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.

Ruido de conjuros,
ruido malnacido,
ruido tan oscuro
puro y duro ruido.

Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.

Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.

Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.

Joaquín Sabina. Ruido (1994)

Cuatro comienzos

Tenemos todos dieciséis, diecisiete años – pero sin saberlo de verdad, es la única edad que podemos imaginarnos: a menudo sabemos el pasado. Somos muy normales, no se concibe otro plan que el de ser normales, es una inclinación que hemos heredado con la sangre.

Alessandro Baricco (1958). Emaús.

Algo pasa en Vilcabamba. Algo que le permite a  su gente vivir ciento diez, ciento veinte y hasta ciento cuarenta años. No sólo viven mucho. Viven mucho con una salud envidiable y sin prestarle atención a los consejos médicos.

Ricardo Coler (1956). Eterna Juventud.

Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivian en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil.

Ian McEwan (1948). Chesil Beach.

Hace cuarenta y cinco años, cuando vivía en Lahore, tenía un amigo algo mayor que yo llamado Platón. En una ocasión, Platón me hizo un favor y, en un arranque de generosidad juvenil, le prometí devolvérselo con creces si en cualquier momento me necesitaba.

Tariq Ali (1943). La noche de la mariposa dorada.

Esther

Tiempo de felicidad

Aunque hacía dos años que no cruzaba con ella una mirada, Orson Welles era todavía, en la primavera de 1947 (el divorcio llegó en otoño), marido de Rita Hayworth, cuando ella se ofreció al eternamente cabreado Harry Cohn, jefazo de la Columbia, para protagonizar con Welles un thriller de relleno de lote, La dama de Shanghai, ínfimo para su condición de máxima estrella de Hollywood. Welles, que dirigía también la película y escribió los diálogos del personaje, Elsa Bannister, a la medida de la segundona Barbara Laage, no se sorprendió ante el ofrecimiento de una mujer cuyas interioridades eran para él un libro abierto en el campo de batalla del doloroso matrimonio que padecieron. Cuando, años después, la actriz evocó como «el tiempo de la dicha» ese infortunado desamor, Welles dijo a unos amigos con voz más sombría que de costumbre: «Si aquello fue la felicidad, imaginad lo que habrá sido para ella el resto de su vida».

Ángel Fernández Santos. Tiempo de felicidad. El País, 27 de abril de 1998. Extracto.

Nubes a voluntad

Viñateros, propietarios, mercaderes de madera, toneleros, posaderos y marineros, dependen de un rayo de sol; al acostarse a la noche, sienten temor de despertar por la mañana y comprobar que ha helado; temen la lluvia, el viento, la sequía y quieren agua, calor, nubes a voluntad. Hay un duelo constante entre el cielo y los intereses terrestres.

Honoré de Balzac (1799-1850). Eugenia Grandet (1833)