¿El chapa 8 es el 92 entonces? Correcto, el 92. Chapa 14, el 94.

Motorman del servicio 60: -Buenos días, me copia para el 60.

Controlador: -Te copio.

Motorman: -Para decirte que el equipo éste va demasiado lento, y si me pueden recibir los operarios ahí en Miserere a mi llegada«

El propio Córdoba, al tomar el control de la formación, no tiene toda la información sobre las características del servicio a su cargo, que terminaría estrellado contra los frenos hidráulicos al final del andén 2 de Once.

Córdoba: -Control, buen día, me toma para el 72.

Controlador: -Buen día, te copio.

Córdoba: -Una preguntita, acá Morón me está anunciando [que el servicio es] rápido. Soy el 72, ¿puede ser?

Controlador: -Ahí te rectifica 72, está confundido con el de atrás.

El tren siniestrado no era el único confundido sobre las características del servicio asignado. Y el controlador, a pesar de que según la Secretaría de Transporte cada tren lleva un GPS que permite monitorear su velocidad, no tiene idea de dónde está exactamente cada formación.

Motorman del tren 8: -Control el chapa 8… al final ¿Qué número lleva? […]

ControladorSí te copio.

Motorman: -¿El chapa 8 es el 92 entonces?

Controlador: -¿Dónde estás vos?

Motorman: -Señal de entrada de Merlo, control.

Controlador: -Correcto, el 92. Chapa 14, el 94.

Motorman: -94 entonces.

Controlador: -Sí viejito se hicieron un matete ahí en Merlo.

Diario La Nación. 27 de febrero de 2012.

Esther

Quiero decir, en realidad, es cierto que nunca nos pasa nada. Todos los acontecimientos que uno puede contar sobre sí mismo no son más que manías. Porque a lo sumo ¿qué es lo que uno puede llegar a tener en su vida salvo dos o tres experiencias? Dos o tres experiencias, no más (a veces, incluso, ni eso).

Ricardo Piglia.
Respiración Artificial (1980)

Men in progress

Dediqué una cuantas semanas al ensayo de Alfred Stout, “Men in progress”. No puedo ni pretendo tener una idea de su obra, todavía. Leeré todo una vez más deteniéndome en las anotaciones que fui haciendo al costado, intentando. Es la perplejidad lo que me lleva a este comentario, no hay otra cosa. Su agudeza, su exactitud para decir, su descaro. Recordemos que Stout (Irlanda, 1920) dedicó su vida a las matemáticas y que fue por un episodio no muy claro (ni siquiera para sus biógrafos y mucho menos para sus críticos) que se inició en la ensayística y se obsesionó con lo que mucho tiempo después se llamaría “nueva masculinidad”.

Escribo sin comprender, lo comparto por vocación y cada quién considere lo que le parezca. Escojo lo menos significante por el lugar que ocupa y a la vez, el mejor pedacito que encontré de su idea, lo que demuestra también su pretensión de no ser entendido rápidamente, un modo de soberbia al que nos tiene acostumbrados. Se trata de una nota al pie (que recién advertí en una segunda lectura de ese capítulo 17 y que no hace más que confirmar sus pretensiones de invisibilidad ficticia) que dice:

“Los hombres solo necesitan que les crean. No esperan más que eso. Una mujer puede vivir sin que le crean, porque su condición es ya creíble. El hombre necesita siempre una justificación de existencia.”

Aunque la provocación es evidente, todo el ensayo es una provocación, llegar a esta idea es al menos un desafío a cualquier síntesis imaginada.

Un párrafo más y me retiro:

“Consumen (los hombres) su tiempo con asombrosa falta de capacidad para el disfrute propio. Es que justificar su existencia les lleva a las más diversas empresas, a las menos lógicas, si bien se lo piensa. Por eso el éxito masculino solo puede darse en parcelas. Que solo basta observar para encontrar que no hay buenos padres que sean buenos empresarios, ni buenos viajeros que conserven sus amistades. Son monofásicos intentando sostener y controlar lo que excede, ya no al género, sino a la condición humana.”

Dice Stout.

Esther

De las esperanzas

“Libre de la memoria y de la esperanza,
ilimitado, abstracto, casi futuro,
el muerto no es un muerto: es la muerte.

Como el Dios de los místicos
de Quien deben negarse todos los predicados,
el muerto ubicuamente ajeno
no es sino la perdición y ausencia del mundo.

Todo se lo robamos,
no le dejamos ni un color ni una sílaba:
aquí está el patio que ya no comparten sus ojos
allí la acera donde acechó la esperanza
Hasta lo que pensamos podría estar pensándolo él también;
nos hemos repartido como los ladrones
el caudal de las noches y de los días.”

Encontré este pedazo de Borges.

Lo trajo de la mano una espera.

La espera siempre acompañada, aún a desgano,
de una esperanza,
y las esperanzas….

Inmóviles estatuas,
mas vale te muevas para visitarlas
(con olor a París y barba adolescente).

Como tantas, como otras.

Como el prólogo de las miradas
como la belleza,
como la perfección
y el inevitable ahogo.

Tarde de invierno
jugando a que no entiendo nada
también encuentro este mensaje
cifrado en rojo y negro:
«para recobrar la alegría».

Yo no pedí nada.

Ni a borges ni a las esperanzas.
pero vienen
y también vienen los famas.

Paul