Piedritas

“De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana quiere avisarme que está ahí esperando pero me siento calmo casi diría ecuánime voy a guardar la angustia en un escondite y luego a tenderme cara al techo que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas quién sabe dónde quedan mis próximas huellas ni cuándo mi historia va a ser computada quién sabe qué consejos voy a inventar aún y qué atajo hallaré para no seguirlos está bien no jugaré al desahucio no tatuaré el recuerdo con olvidos mucho queda por decir y callar y también quedan uvas para llenar la boca

está bien me doy por persuadido

que la alegría no tire más piedritas abriré la ventana.” Mario Benedetti. Piedritas en la ventana

Y aunque aquél maestro, modelo y guía de mis primeros años literarios, lo llamó poeta menor y me reprochó el citarlo, lo sigo leyendo después de muchas lecturas a cuestas, tratando de entender su desazón, su aludir a la alegría sin creerla.

Esther

No me diga

Encontré sin buscar y estaba él, con su mirada de niño tímido, con esa ingenuidad que tiene para responder cuando le preguntan trascendencias. “¿Yo dije eso?” “¿Cuándo?” Y el periodista español le precisa fecha y libro con una sonrisa enorme; espera que esa oración pronunciada dé lugar a una reflexión, a un descubrimiento fantástico y definitivo de su ser. “No sabía lo que decía, estaba practicando, tratando de ver si me salía escribir” El periodista no se resigna: “Pero Maestro, usted es uno de los escritores más…” No lo dejó completar la frase, lo miró ciego y cargado: “No me diga maestro, dígame simplemente Borges”.

Esther

Tres mujeres en un renó 12

Tres mujeres en un renó 12. La más flaca fuma. La que maneja hace una maniobra y estaciona entre unos árboles al costado de la Ruta 8. La que va sentada atrás se recoge el pelo con un esmero inútil para la maraña que lleva. La flaca ya no fuma y apoya el cuello en el respaldo mientras mira pasar un camión de La Serenísima. No hablan. Ni siquiera se miran. Esperan sin ritmo. La más flaca prende otro cigarrillo y se quema con el encendedor. No se queja. Las otras no se enteran. La que maneja se da vuelta y le pregunta algo a la de atrás que pese a sus esfuerzos continua con el cabello como fideos. Le dice que sí con la cabeza y la otra enciende el auto, pero el Renó no se mueve. La más flaca señala a un hombre sin carácter que se acerca lento. Una de ellas baja la ventanilla y lo saluda con un gesto. El hombre sin carácter desaparece por el camino que lo trajo. La que maneja apaga el auto y deja colgar las manos sobre el volante. Están decididas a esperar sin ritmo. Y se quedan ahí hasta que anochece, esperando.

Esther

Victoria

Elegante, arrogante, seductora, autoritaria; se piensa que la literatura es un capricho, que los hombres niños, que Europa el mundo. Victoria Ocampo, mujer y oligarca, dos condiciones (en la época) para mantenerse al margen de intervenir en cuestiones culturales que escaparan al consumo o la beneficencia. Aun así se mete por los laterales, dinamita, acerca: se anima a ser punto de encuentro en una sociedad siempre en construcción.

Es una mala escritora. Ella es la ausencia y no lo niega. Por eso contiene antes que exhibe, es mecenas antes que intelectual. Vincula escritores y artistas y en ello pone todo su esfuerzo y dinero. Utiliza sus vínculos para crear redes, para acercar personas. Y al fin, ella misma es el invento de sus propias articulaciones. Eso es Victoria Ocampo, una mujer apasionada que busca. Y en esa búsqueda encuentra, no sólo para ella, sino para toda una cultura. Le tocaron en suerte una clase social regresiva y un género apéndice del otro, con esa invalidez, tradujo, editó, publicó, escribió, acogió, viajó… En una carta a Waldo Frank le dice: “no sabe usted lo que es vivir entre personas que nunca me comprenden ni aceptan. Usted no puede imaginar lo que es ser mujer en América del Sur”.

Esther

El viajero de Agartha

En principio no molesta. Lees la novela y no te molesta, no te reclama, está ahí totalmente terminada y no te necesita (Barthes se indignaría con esto que digo). No sé bien qué pretende Abel Posse en El viajero de Agartha (y no se los voy a preguntar a los críticos literarios que el propio Posse identifica como “comisarios de letras”). Un señor alemán nazi viaja por Oriente disfrazado de señor inglés para que no sospechen los rivales y lo detengan. Tiene que llegar a la Ciudad de los Poderes de donde creen que el nazismo recibió su fuerza. Es un relato que transcurre en tanto transcurre el viaje pero que a mí me pareció una pura anécdota, un álbum de fotos. Claro que tiene algunas genialidades propias del escritor, pero más propias del oficio: a cierta altura de la vida y la escritura decir algo interesante es pura matemática. Entre medio me quedé con mi propio viaje, mi propio recorrido a pesar de la resistencia de la obra: un camino por el tiempo y el espacio que cuestiona los sentidos. “Al anotar la fecha iba a precisar que hoy es lunes. Esta carece de significado aquí. Siento que ni hubo domingo ni seguirá un martes. Todo un rito de vida queda abolido si uno no le encuentra sentido a la palabra lunes.” Cuando habla de “aquí” se refiere a una cultura distinta con tiempos marcados por prácticas diferentes y en contextos naturales no inteligibles al forastero. El viajero termina siendo devorado de su propio viaje, algo que sabemos a la página 2, pero que se confirma recién en la última. Como dijo Harrison Ford cuando vio Alphaville: “no la entendí”.

Esther